Exposiciones/Exhibitions 2018



SOBRE EL CIELO, LA TIERRA.  

ABOVE THE SKY, THE EARTH.  

Gabriel Silva, María José Chica
Curaduría: María Camila Montalvo
Texto: María Camila Montalvo 
Junio-Julio 2018
Fotografías: Santiago Pinyol.
Gabriel Silva, María José Chica.
Curator: María Camila Montalvo
Text: María Camila Montalvo
June-July 2018
Photographs: Santiago Pinyol.
 
Una cobija muy grande de luz plateada brilla como el cielo de la tierra. Cuando se llega por primera vez todo parece oscuro, pero después se ven la tierra y las estrellas que se encienden en las hojas. Son puras divisiones entre luz y oscuridad. 

Un intenso destello deja a la vista un escondite de joyas cristalinas que como estrellas, se iluminan por los fuegos. Las partes carbonizadas humean y chasquean en el aire oscuro. A pesar de
su denso brillo por la noche, de día, todo vuelve a ser nebuloso, como si todo se recargara con el sol. Es todo un juego de sombras.

Parece que el mundo se divide en dos sectores; desde el punto más allá se entra en un mundo donde las leyes normales del universo físico no sirven. El cielo está despejado e inmóvil, y la luz del sol brilla continuamente en esa esquina magnética. Entonces el rayo se apaga despaciosamente y las imágenes de los árboles vuelven a aparecer, cada uno envuelto en su armadura de luz, y el follaje brilla como si estuviera cargado de joyas derretidas. Fuera de acá todo parece polarizado. Dividido en blanco y negro.

La tierra del cielo es más densa y gris, y las estrellas parecen puntas de roca, y las rocas brillan como estrellas. Entre las imágenes refractadas por la luz, hay unas rocas más oscuras. El perfl y los rasgos quedan en penumbra, pero su superfcie es de un color de piedra gris casi negra, y refeja los azules pintados del extremo opuesto del espectro. En las puntas tienen un flo de luz plateada. Por alguna razón amenazadora en ese ambiente de luz, las rocas sombrías están inmóviles, con la cabeza volteada hacia otro lado y su propia sombra, proyectada por el refector, evidencia su silueta oscura manchada por la luz enjoyada

La maleza brota entre los hierros y sube a los subterráneos. Los árboles, aunque oscuros e inmóviles, inundan los jardines, brotando entre las maderas. Mucho más lejos, todo se dobla en una pendiente hacia arriba, dando paso a las montañitas azules de la zona minera. Más abajo, los techos brillan bajo la luz del sol. Los canales de musgo que están pegados de los árboles son más gruesos y transparentes, como si los troncos hubieran sido encogidos en su interior hasta quedar como unas columnas delgaditas. El pasto conserva su brillo líquido como si ese enclave se hubiera conservado intacto, como una isla en el ojo de un huracán. Hay un huerto chiquito con matas de cristal verde como esculturas de esmeralda que llegan hasta la cintura. Hay una caverna subterránea sin fin, donde unas rocas enjoyadas surgen de la oscuridad fantasmal como enormes plantas marinas y el polvo de cristal se pega al pasto formando fuentes blancas. Los árboles cristalinos cuelgan en las cavernas luminosas, los marcos enjoyados de las hojas sobre
cargadas se derriten formando un entramado de prismas a través del cual brilla el sol en miles de arcoíris. Los gatos y los perros están congelados en sus posturas, como animales heráldicos tallados en jade y en cuarzo.

Una calma congelada se extiende hasta donde alcanza la vista, como si se estuviera perdido en algún lugar de las grutas de un inmenso glaciar. La cercanía del sol se refeja en una omnipresente corona de luz. Es un interminable laberinto de cuevas de cristal, aislado del resto del mundo e iluminado por lámparas subterráneas.

Todas esas maravillas como parte del orden natural del las cosas, como parte del prototipo intrínseco del universo. El resto del mundo parece monótono e inerte, es un refejo desvaído de la imagen resplandeciente, que forma una zona de penumbra gris.

La ausencia de sorpresa, confirma mi creencia de que éste espacio iluminado refeja de alguna manera, un período anterior de nuestra vida. De pronto es una memoria arcaica con la que nacemos, como un recuerdo de un paraíso ancestral donde la unidad del tiempo y el espacio es la esencia de cada hoja, de cada rama y de cada estrella. De pronto es el regalo del tiempo el que explica el eterno encanto de las pinturas de Gabriel Silva y María José Chica: sus intrincadas y elaboradas ornamentaciones en esa extensa tela, que ocupan más espacio que su propio volumen, parecen contener el tiempo, proporcionando esa inconfundible sensación de inmortalidad que se experimenta al observar sobre el cielo, la tierra, por ejemplo.

María Camila Montalvo.

Texto referenciado de ‘The Crystal World’ de J.G. Ballard.








A very large blanket of silver light shines like the sky of the earth. When one arrives for the first time everything is dark, but then the earth and stars light up on the leaves. They are pure divisions between light and darkness.

An intense flash reveals a hiding place of cristaline jewelry that as stars, are illuminated by the fires. The carbonized parts fume and crack in the dark air. Despite its dense shining in the night, over the day, everything is foggy again as if everything would be recharged with the sun. It is all a shadow game.

It seems like the world is divided in two sectors; from the point beyond one enters into a world where the normal laws of the physical universe do not work.  The sky is clear and motionless, and the sunlight shines continuously in that magnetic corner. Then the light goes out slowly and the images of the trees reappear, each wrapped in their light armor, and the foliage shines as if it were loaded with melted jewelry. Outside everything seems polarized. Divide in black and white.

The earth of the sky is more dense and gray, and the stars look like rock tips, and the rocks shine like stars. Amongst the images refracted by the light, there are darker rocks. The profile and features remain in gloom, but its surface is the color of a gray stone almost black, and reflects the painted blues of the opposite end of the spectrum. At the tips they have a silver light edge. For some threatening reason in that atmosphere of light, the shadowy rocks are motionless, with the head turned to another side and their own shadow, projected by the reflector, evidence their dark silhouette stained by the jeweled light.

The undergrowth springs among the irons and goes up into the undergrounds. The trees, although dark and motionless, flood the gardens, sprouting between the woods. Much farther, everything bends upwards, giving way to the little blue mountains of the mining area. Below, the roofs shine in the sunlight. The channels of moss attached to the trees are thicker and transparent, as if the trunks had been shrunk inside until they were thin columns. The grass conserves its liquid brightness as if that enclave had been conserved intact, like an island in the eye of the hurricane. There is a small garden with green glass bushes like emerald sculptures that reach up to the waist. There is an endless underground cavern, where the rocks emerge from the ghostly darkness as huge sea plants and the crystal dust sticks to the grass forming white fountains. The crystalline trees hang in the luminous caverns, the jeweled frames of the overloaded sheets forming a framework of prisms through which the sun shines in thousands of rainbows. The cats and dogs are frozen in their postures, like heraldic animals carved in jade and quartz.

A frozen calm extends as far as the eye can see, as if it were lost somewhere in the caves of an immense glacier. the closeness of the sun is reflected in an omnipresent crown of light. It is an endless labyrinth of glass caves, isolated from the rest of the world and illuminated by underground lamps.

All those wonders as part of the natural order of things, as part of the intrinsic prototype of the universe. The rest of the world seems monotonous and inert, it is a faded reflection of the resplendent image, which forms a zone of gray gloom.

The absence of surprise confirms my belief that this illuminated space reflects in some way an earlier period of our life. Suddenly it’s an archaic memory we are born with, like a memory of an ancestral paradise where the unity of time and space is the essence of each leave, each branch, and each star. Suddenly it’s the gift of the time that explains the eternal charm of the paintings of Gabriel Silva and María José Chica. Their intricate and elaborate ornamentations over that extensive canvas, which occupy more space than their own volume, seem to contain the time, providing that unmistakable sense of immortality that is experienced by observing above the sky, the earth, for example.

María Camila Montalvo.

Referenced from “The Crystal Wold” by J.G Ballard.







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Exposición actual: Nervios de Acero en la Edad de Piedra.
Breyner Huertas.
Un proyecto curatorial de Carolina Cerón.
               
Horario: Martes a Viernes de 11am a 5pm - Sábados de 12 a 4pm